Sobre Nabokov

Mi conclusión es que mi experiencia en ese sentido es como enamorarse. Es una cuestión de su incandescencia o fosforescencia, es algo que te ilumina tan profundamente que realmente no hay un porqué. Fue simplemente un sentimiento de intenso reconocimiento en su inglés. Y es en esas frases donde en cierta manera reinventa la lengua inglesa donde me sentí como en casa. Primero fue un sentimiento de reconocimiento, de incandescencia, como una forma de infatuación, y entonces me interesó porque Nabokov creía que el arte solo nos podía enseñar a observar mejor el mundo, que no te iba a enseñar ningún mensaje o algo de historia. No lees Ana Karenina para aprender sobre el adulterio. Algunas de las preguntas que les hizo a sus estudiantes cuando hablaron de Ana Karenina trataban de los estampados de las cortinas. Y eso es lo que el arte te hace hacer: observar mejor el mundo. Para mí el libro iba sobre por qué son importantes la belleza, la imaginación y la literatura. Nabokov traza una línea que va de la belleza a la trascendencia. Sobre todo, cree en la imaginación. No hay nada más real que la imaginación. Es una característica particular de la experiencia humana.

Cuando más profundamente leo una frase más profundamente puedo imaginar ese mundo de ficción y más real me parece. Esto lo hago incluso con los periódicos y artículos varios con los que me obsesiono. Empiezo a releer las frases. Y lo hago porque sé que es una manera de tocar con tus dedos la realidad que pueden ofrecerte las palabras. Cuanto más lento leo más impregno mi ser, mi corazón y mi alma con la verdad de esa ficción. Hasta tal punto que esta maravillosa alquimia se convierte en parte de ti. Tras leer a Nabokov no puedo ver Estados Unidos de la misma manera, porque ahora su forma de verlo —en Lolita, por ejemplo— va a estar siempre integrada en mi propia mirada, en mis circuitos cerebrales. Es algo que Nabokov ya explicó en su libro sobre Gógol. Es un ensayo maravilloso, y dice que Gógol fue el primer escritor que vio árboles azules y cielos verdes. Cambió la manera en que vemos San Petersburgo. Y creo que eso es tan cierto sobre el proceso de lectura y sobre la literatura que cuando lees despacio te empapas de esas imágenes y esos colores, y la siguiente ocasión en que ves San Petersburgo o una autopista de California empiezas a ver espejismos superpuestos, los colores honestos de los surtidores de gasolina, que evocan a Edward Hopper, como en Lolita. Siempre está este palimpsesto de cosas, por lo que ahora es imposible observar una gasolinera y no verla a través de varias lentes que la hacen más real, con más texturas y más bonita.

Mi caso es completamente paradójico, pero porque pongo tanta atención en las palabras que a veces es bastante doloroso, requiere una gran concentración para sacarte de ti mismo y estar ahí. Necesitas estar a la vez dentro y fuera de ti para adoptar otra voz y visión, para reimaginarlo. Es como construir una pequeña ciudad en tu cabeza. En la literatura, cuando encuentro una gran descripción sobre arquitectura suele cansarme físicamente porque no soy muy buena con el espacio y la orientación, así que cuando veo todas esas palabras intento ponerlas juntas, pero se resisten y sé que tendré que ir más allá, realizar un esfuerzo adicional. Ese acto preciso de reimaginar es un verdadero esfuerzo físico. Y, de hecho, a veces es doloroso. Hay un precio que pagar, existe un espacio liminal donde vas a tener que luchar para pisar ese mundo, pero una vez estás ahí es extraordinario. Las primeras sesenta páginas de Ada son imposibles. Son incomprensibles, muy confusas, tienen algo de oscuro, pero tienes que pasar a través de ellas para llegar a la parte de «puro gozo» del libro.

Y tu imaginación crece. Es exactamente la definición de metamorfosis: cuando una mariposa está metamorfoseándose, cuando es una crisálida, algunos órganos se mantienen en su interior, pero el resto se vuelve líquido y se recompone. Leer es también una metamorfosis en ese sentido: parte de tu imaginación permanece, pero tienes que estar preparado para las obras que realmente pueden cambiarte, tienes que estar preparado para metamorfosearte. Y cualquiera que diga que una metamorfosis no es dolorosa, o bien no ha pasado nunca por una o no es consciente de lo que implica. Cualquier gran obra de arte transformará tu imaginación y la hará más fuerte, más amplia. Cambiará tus colores, pero es físicamente agotador. Por eso hay terror, pero es un camino hacia la belleza y la transformación.

Creo que lo dije en algún momento —aunque, para ser sincera, no recuerdo a la perfección lo que dije—, pero sé que lo que quería decir era que leer no es únicamente una actividad solipsista; te hace ver el mundo de otra manera. Y el mundo se refleja sobre ti de forma distinta y te conviertes en el cocreador de «realidad». Cuando miramos el mundo lo recreamos a través de lo que hemos leído y a su vez el texto se ve canalizado hacia una experiencia distinta de vida. Nos hace ser mejores observadores, nos hace apreciar y ver mucho mejor las cosas y ser sorprendidos. En la poesía persa siempre encuentras las figuras del amante y el amado, pero el verdadero vencedor nunca es el amado, es siempre el amante. El amante es aquel que se transforma. Y para ser el más generoso de los amantes, el más imaginativo, el más poderoso, tienes que tener una inmensa capacidad de observación. Podemos amar porque observamos mejor, porque tenemos un mejor sentido de la empatía, un mayor sentido de conexión, porque vemos las pequeñas maravillas o los detalles que no veríamos de otra manera. Y esa capacidad para refinar nuestra visión es realmente el mayor obsequio del arte. Es algo que aprendí de Nabokov y que llevo conmigo en mis nuevos viajes.

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