Comentarios sobre un libro sin fin

Cuando Augusto Roa Bastos empezó a escribir Yo el Supremo, tenía pleno conocimiento de la clase de historia literaria que propondría al habla castellana.

Desafiaría la paciencia del lector, aun el más  versado sobre temas que llevan los pensamientos a un grado de conciencia suprema y de esfuerzo intelectual.

Echaría a andar una silenciosa maquinaria lingüística dentro de una complejidad nunca superada hasta la fecha.

El lenguaje de su obra es denso y deseoso de sí mismo, pues busca el sentido absoluto del Arte.

Venir a contar la historia del dictador Gaspar Rodríguez de Francia con una expresión escrita harto meticulosa, donde no hay cabida para la posibilidad del error, habrá sido una empresa ardua, obviamente, para su autor.

En un lustro terminó la obra.

Y la obra es un surtidor de palabras que van deslizándose, desafiadoras de su propio destino, porque ellas tendrán la responsabilidad suprema de instalarse allí donde comienza la habilidad del lector para jugar con las más diversas expectativas literarias.

Hay lectores para Yo el Supremo. Me refiero a los perfeccionistas, los estudiosos, los que pretenden ver cómo emergen las situaciones dentro de un universo barroco, los que no se precipitan para sacar sus propias conclusiones, los que indagan con sentido crítico la psicología del pensamiento humano, los que saben interpretar las leyes por las que se rigen, en fin, las obras austeras.

El lector de Yo el Supremo es también el lector de El Quijote, Guerra y paz, Crimen y castigo.

Me atrevería a decir que Yo el Supremo es, entre otras cosas, la historia del lenguaje.

Todas las proezas convergen en la obra, pues ha de saber el lector que es una verdadera hazaña ir remando contra las palabras inútiles, para buscar afanosamente solo las destinadas a cumplir con la misión de la totalidad literaria.

Es también, desde luego, la historia de Policarpo Patiño, el amanuense fiel que carga con la fidelidad que excede todo compromiso humano y se ve ante los ojos de la historia como necesariamente tiene que verse: un escribidor de los tiempos que corren.

Se han hecho varios estudios críticos sobre Yo el Supremo.

Toda obra grande necesita de gente que tienda una suerte de puente entre ella y el lector.

Ese puente puede ser valioso y determinante en la comprensión de Yo el Supremo, si cumple con el propósito de ahondar en los puntos cardinales.

El libro que le valiera a Augusto Roa Bastos el Premio Cervantes de Literatura apareció en agosto de 1974.

Con una lucidez mental pocas veces vista, planteaba el escritor la forma de un lenguaje marcada por una estructura densa que habría de acompañar toda la obra.

Corría el año 1974.

En una reunión del Club del Libro Nº 1, cuya presidenta era Margarita Balansá de Ocampos, surgió la idea de solicitar a los escritores Ramiro Domínguez, Josefina Plá y Adriano Irala Burgos sus comentarios sobre Yo el Supremo. Nada podía ser más correcto e indicado, pues aquellas interpretaciones, muy doctas, habrían de conformar después un libro que apareció en 1975 y que ahora es reeditado por la editorial Servilibro.

Todo comentario o crítica sobre Yo el Supremo es siempre útil. Pareciera que una opinión, una manera de ver, son los hijos indispensables de este coloso literario (casi tan grande como el Ulises, de Joyce) que despierta, aparte de admiración, la ocasión de un análisis.

Es difícil.

Es un conjunto de laboriosidad histórica y semántica.

A ratos se aproxima a la ciencia.

Como no es un texto sencillo, sobre el que se pueden expedir dos o tres críticas serias, y cerrar, quizás, el caso, Yo el Supremo, deseoso de explicaciones, trajina por la mente de los lectores, con su cargamento de alusiones a un mundo literario también supremo.

Tenía que haber sido el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia, el dictador, el hombre que hasta este momento de la historia sigue despertando simpatías y antipatías entre los paraguayos, la figura elegida para «interpretar», dentro de un posible paralelismo, la causa de la narración suprema de Augusto Roa Bastos.

Surge el texto, envolvente, a veces saturante, de un pasquín clavado en la puerta de la Catedral: «Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la plaza de la República».

Qué comienzo tan arduo y trabajado como inesperado, aunque pleno de majestad literaria.

El destino ya está fijado de antemano.

No queda sino cumplir con las órdenes que marcan, estrictas, una sentencia compleja. ¿Por qué tendría el Dictador Supremo que «encarar», después de su muerte, el castigo extremo de una decapitación? José Gaspar Rodríguez de Francia deseaba su propia mutilación. Ergo: se sabía, se reconocía culpable ante la historia del Paraguay.

Dice Josefina Plá: «Yo el Supremo, así, se define como un libro clave. Clave para entender, desde el nivel del mito, —es decir, de la verdad última, irreductible, como la perla química, a una figura también clave. Clave para desentrañar lo que en poesía, es decir, en verdad siempre por hacerse— yace en lo más hondo de este pueblo cuya mudez trata de compensar, en su tarea tremenda de rastreador de su propia alma, el Supremo».

Es imposible abarcar desde el punto de vista crítico el libro. Y se dirá que tal circunstancia, tal imposibilidad, es a veces frecuente en las lecturas críticas que suelen hacerse en torno a muchas obras.

Puede ser.

Se expresa así el escritor y poeta Ramiro Domínguez: «Poniendo a un lado tales reparos, y tratando de ofrecer algunas pautas que eventualmente faciliten la aproximación al texto de ARB, comencemos por destacar en Yo el Supremo su desconcertante complejidad y virtuosismo literario, que sin lugar a dudas le hacen la cifra más cabal y consumada del itinerario poético de su autor, y acaso uno de los hitos señeros en la nueva narrativa de occidente».

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