El juego del Go

La reciente victoria del programa informático AlphaGo sobre el campeón mundial de go I Se-dol (Yi Setol en el sistema McCune-Reischauer) no viene a confirmar nada que no se supiera después de que Deep Blue venciera a Gari Kaspárov. Una máquina tiene más capacidad de cálculo y previsión que un humano porque es capaz de figurarse todos los caminos divergentes simultáneamente. No obstante, el ser humano tiene una ventaja ante la máquina, que es conocer plenamente la psicología del adversario, es decir: ninguna. El computador siempre jugará a ganar, sin distracciones ni errores. Esta ventaja, sin embargo, vale sólo para las primeras partidas. En las siguientes, el computador incluirá en sus previsiones lo que podríamos llamar la personalidad del adversario, en la que van implícitas la debilidad y la falibilidad.

Tanto el ajedrez como el Go son imágenes de la guerra, pero una guerra idealizada en la que no interfieren ni las adversidades del terreno, ni la lluvia, ni ni el sol abrasador de frente o a las espaldas, ni la nieve, ni las municiones, ni el cansancio, ni el aprovisionamiento (quizá un poco, de forma abstracta, en el Go), ni el miedo, ni la traición. Una guerra que parece diseñada sólo para los Tercios o para los Húsares Alados y que, desde luego, no es fiel reflejo de ningún combate real. A pesar de las grandes esperanzas albergadas por algunos, la guerra está muy lejos de ser una actividad que se libre metiendo una tarjeta perforada en una computadora, y eso que, gracias a los drones, probablemente en un futuro las bajas provocadas por los errores informáticos sólo estarán del lado de la población civil, y no de los atacantes informatizados. Nadie en su sano juicio (espero) mandaría a todo un ejército de sus conciudadanos a combatir según las instrucciones de una máquina.

Cuando intervienen todos los factores que, como hemos dicho, en el ajedrez y en el Go no existen, es imposible que una máquina haga el trabajo sin mediación humana. No hace mucho comparaba la política con la cocina, y si es imposible no ya que un robot haga un ajoaceite, sino que lo haga un humano si la humedad y dirección del aire y otras curiosas sutilezas le son adversas, imaginemos hasta qué punto será imposible que un robot gane una guerra o gobierne un país.

Incluso una idea tan desaforada y peligrosa como el algedonic meter de Stafford Beer, diseñado para controlar informáticamente el índice de felicidad o infelicidad (más bien, y de modo más directo según el étimo griego, de dolor) de los ciudadanos, estaba pensado para ser operado por humanos desde atractivos butacones futuristas de color rojo. La propia voz cibernética lleva implícita la presencia de un gubernator que manipule y timonee la máquina, si bien no se sabe qué podía ser más peligroso: los operadores socialistas encerrados en una habitación con pinta de Enterprise (el government), o el concepto de pueblo (people) de Stafford Beer y los demás proyectistas de Cyberfolk, que más que remitir, como podría, a un género musical (como el turbofolk), parece estar pidiendo un Cyberführer. Los ingenieros que han colaborado con regímenes socialistas en lo que ellos entendían que era el pro del pueblo, como Richard Stallman, han solido tener una visión del pueblo y sus necesidades hecha por completo a su imagen y semejanza. Sus preocupaciones son las de los informáticos y los programadores, y muchos de sus problemas no pueden ser ni entendidos por el común de los ciudadanos. Sin embargo, y por fortuna, Stallman cada vez acumula más disensiones con los regímenes socialistas por problemas más populares como ser torturado o encarcelado.

Con todo, sigue siendo asombroso ver cómo el programador Stallman asiste a espectáculos bien conocidos por nosotros sin enterarse de nada. Como nuestro extraterrestre no tiene a un Voltaire detrás de él, como Micromégas, sus interpretaciones son, sí, jocosas, pero no secretamente certeras. Sostiene todo lo contrario que el Usbek de las Lettres persanes de Montesquieu, quien, por ejemplo, se reía de los sabios que se comunicaban con sabios de todo el mundo sin conocer a sus vecinos, o de quienes pretenden conocer Persia a través de los libros mejor que los persas, razones que se perciben como auténticos sinsentidos en el siglo de Internet y Google Earth. Y, aun así, el auto proclamado San I-GNU-cio participa del espíritu de los errores del Barón de Montesquieu, a su manera. En 2004, tomando notas en un carrusel de figuras de la izquierda, que no deja de incluir a Pérez Esquivel y a Daniel Ortega, Stallman apunta que «Chavez quoted the results of a survey called Latinobarometro, which found that in most countries in Latin America, the number of people who believe that democracy is the best form of government has fallen since 1996—often fallen by 20% or more. In Venezuela, however, the support for democracy increased by 12% over that period. Venezuela has among the smallest percentage of people who say they might prefer a military government, and likewise for the percentage who say they would give up freedom for the sake of order. He drew this conclusion: support for democracy is falling in many countries because their democracies have failed to deliver what the people want». No sabe interpretar Stallman que ese nuevo algedonic meter, el Latinobarómetro, lo que estaba indicando realmente era que Venezuela estaba pasando de una democracia a un gobierno militar.

Leemos en el Libro del ajedrez, de sus problemas y sutilezas, de autor árabe desconocido según el Ms. Arab. Add. 7515 (Rich) del Museo Británico, ed., trad. y estudio de Félix M. Pareja Casañas, Madrid, Estanislao Maestre, 1935, pp. 11-12: «El que inventó el nard (tablas reales) acomodó las reglas de este juego a la opinión de la escuela primera, haciendo que los dos dados desempeñasen en él el oficio mismo de aquella causa externa, sin la decisión de la cual en el dar y otorgar de nada sirve el esfuerzo humano, a fin de que se viese con toda claridad cómo vence en este juego el más ignorante e inepto al más digno y capaz, y cómo gana el inepto cuando le ayuda la fortuna de la causa externa, y en cambio pierde el apto cuando aquélla le abandona. En cambio, el que inventó el ajedrez acomodó sus leyes a la opinión de la segunda escuela, porque no establece aquella causa exterior que obra sobre el individuo, sino que otorga a los dos jugadores igualdad de piezas, correspondiente a las facultades que han recibido de Dios en su creación, y basa el juego en el libre albedrío, haciendo resaltar así palpablemente cómo aquel que sabe usar mejor de sus libres facultades supera al que usa mal de ellas, y cómo sus teorías se vuelven contra él. Asemejó además este juego al arte de la guerra, porque éste es el más importante y el primero de los negocios del mundo, y, además, porque en él la atinada dirección y la elección libre son los que conducen a la victoria o a la derrota. Y como es evidente que el resultado feliz sólo se debe a bien calculadas combinaciones, y la derrota, por el contrario, a defectos en la dirección de los esfuerzos, se hace con esto patente su semejanza con todos los demás ordinarios asuntos y negocios de la vida». Estas razones vuelven a aparecer siglos después atribuidas a los brahmanes (cfr. Gabriel de San Antonio, Rodrigo de Vivero, Relaciones de la Camboya y el Japón, ed. de Roberto Ferrando, Madrid, Historia 16, 1988, p. 110), quizá no sin razón, ya que realmente el juego se inventó en la India. Evidentemente, suponemos que una máquina también podría ganar a un humano en juegos mixtos de azar e inteligencia, especialmente una vez que el azar ha pasado, gracias a Laplace y a otros maestros de la estocástica, al campo de la matemática y la computación, y a que en la parte de la inteligencia y el cálculo la máquina seguiría aprovechando mejor sus posibilidades que el contrincante de carne y hueso.

No debemos olvidar que la lucha de I Se-dol y Gari Kaspárov contra AlphaGo y Deep Blue no es la lucha del hombre contra la máquina, sino un torneo entre el hombre que juega y el hombre que trae la máquina, como el ruiseñor de Andersen. Por una vez, Mariano Rajoy, que discutió con mujeres «emprendedoras» (sic) el Día de la Mujer Trabajadora de 2016, tuvo razón en algo: después de dudar que la máquina pudiera ganarle a él al póker, dijo que «lo que no va a hacer nunca la máquina es fabricar máquinas». Pero aún hay más: lo que tampoco hacen las máquinas, al igual que Rajoy, es política. David Cronenberg hace decir a Jeff Goldblum en dice en The Fly: «You have to leave now, and never come back here. Have you ever heard of insect politics? Neither have I. Insects… don’t have politics. They’re very… brutal. No compassion, no compromise. We can’t trust the insect. I’d like to become the first… insect politician. Y’see, I’d like to, but… I’m afraid, uh…». Bien, a pesar de Cronenberg (y de Aristóteles), los animales sí tienen estructuras y organizaciones sociales, y también lingüísticas, a pesar de los mohínes del inmensamente conservador Noam Chomsky. Pero las máquinas no: Skynet será siempre un Big Brother humano, o un comité de humanos haciéndose pasar con él, como en Sleeper de Woody Allen y seguramente en el propio 1984 de Orwell. Lo que se puede ir de las manos es la red social, no la red informática. Por eso, quizá lo mejor que pueda hacer el surcoreano I Se-dol es imitar a Gari Kaspárov y jugar contra los hombres al otro lado de la máquina, el government de Stafford Beer. En ese sentido, el camino seguido por Kaspárov tras haber sido derrotado por la máquina fue espectacularmente nítido desde el punto de vista filosófico, en especial porque se enfrentó a Putin, patrono de todos los ingenieros socialistas que, como Julian Assange, entienden que la libertad es un problema informático. Hay, eso sí, dos problemas. El primero es que los hombres de las máquinas son poderosos, y Kaspárov sufrió un ataque en forma de falo volador teledirigido, precedente obsceno de los modernos drones. El segundo es peor: muchas bailarinas admiran a los jugadores de baloncesto, porque el baile es fruto de estudio y ensayo mientras que los regates son calculados e improvisados en cada momento, lo que requiere más inteligencia y más control de la fuerza a través del entrenamiento. Sin embargo, Dennis Rodman ha acabado de palmero del norcoreano Kim Jong-un, demostración evidente de que el error de un jugador puede alcanzar lo insondable. Con todo, creo que podemos modificar nuestra afirmación de que sólo un lunático podría confiar la guerra a una tarjeta perforada metida en una máquina: Kim Jong-un, Heliogábalo moderno, Calígula de la libertad absoluta (propia, a costa de la ajena), jamás se rebajaría a semejante claudicación, sino que, como buen Julio-Claudio, mandaría en solitario a sus ejércitos a luchar contra una plantación de cañas, al mar o a la devastación absoluta con tal de divertirse. Quienes sí dirigirían un ejército hacia donde la máquina les mandase son los imbéciles, y de esos hay demasiados. Por fortuna de nuevo, los imbéciles son vanidosos. De hecho, Kim Jong-un, más que lunático, es imbécil.

José María Bellido Morillas

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3 comentarios en “El juego del Go

    • Como en este blog jamás publico cosas propias, creo que es más elegante dejar un enlace a través de un hipervínculo en alguna palabra del texto claramente diferenciable (en este caso, al final del último párrafo) que te lleve a la fuente original, que escribir yo cualquier aserto o introducción a cada cosa que publico (de alguna forma me parece como estropear la pureza del texto, aunque bien visto parezca una idea un poco estúpida).

      Si lo desea puedo eliminar la entrada, por supuesto. Disculpe las molestias, y mis métodos poco rigurosos.

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